
Creo que nunca lo comprenderé en su totalidad y eso está bien.
Creer que Dios existe es algo casi natural, y en realidad puede que la vida no cambie y sus veredas tampoco.
Pensar en Dios es como intentar que un personaje de una obra literaria llegue a entender la mente de su autor.
Porque uno forma parte de la trama de la historia, sin que se dé cuenta de eso, a menos que el propio creador se manifieste y aparezca en gloria y majestad.
Creo que Dios, quien no conoce límites de tiempo ni espacio, marcó un antes y un después en mi vida así como lo hizo en la historia de la humanidad hace aproximadamente 2000 años atrás. Hoy en día cualquier que leyera algo así lo clasificaría casi automáticamente en la categoría ''religión'' dentro de su bagaje de conocimientos. Pero realmente no creo que sea así.
Cuando Dios entra en tu historia y crea un cambio de corazón uno no se percata que esa transformación es una situación continua, diacrónica, donde no es posible apreciar los estados de cambio. Es como crecer; nunca te das cuenta cómo llegaste a elevarte unos centímetros pero allí está.
Pero Dios no quiere ser un curandero mágico aunque bien podría serlo si quisiera. Él tiene mucho más en mente para nosotros, no para utilizarnos como marionetas, sino para amarnos, para que nosotros nos demos cuenta que somos amados y para que conozcamos que la única fuente de amor real es Él.
Por eso Dios quiere una relación con nosotros. Una relación es una unión constante que tiene comienzo pero no tiene una fecha límite. Es como pensar en un desarrollo eterno donde no quieres hallar el final porque simplemente el desarrollo es demasiado hermoso. Por eso buscar a Cristo día a día es la voluntad de Dios. Es una búsqueda algo anticipable porque siempre encontraremos. Sin embargo, la única forma de encontrar a Dios es por medio de la autonegación. Si no nos negamos a nosotros mismos, terminamos encontrándonos con nosotros mismos, aunque suene redundante.
Una relación con Dios jamás es una carga si comprendemos que no se trata de una obligación sino más bien de una necesidad decidida porque uno no tiene síntomas explícitos si no buscamos a Dios pero sí nos perdemos de la tremenda oportunidad de conocer a Dios hoy; no ayer ni mañana, sino abrazar la realidad de cómo Dios se manifiesta en un día que no repetirá.
Estar con Dios, saber que está ahí, creer que nos escucha y estar seguro de que no es nuestro servidor, sino nuestro dador de vida no tiene comparación.
Cuando no se busca a Dios es perder un día en el silencio.
Estar con Dios es un privilegio y una aventura diaria. Y la mayor parte de las veces, en un mundo urbano, comienza en la intimidad de tu espacio privado para acabar manifestándose en el escenario público, por así decirlo.
Encontrar a Dios cada día es vivir en la seguridad de que un día más soy amado por Él.
Pauli...
Vive cada día para saber que eres amada por Él. ¡Así comienza la historia de un nuevo día!